“LA LEY DE HERODES”

Ver la vida con ojos críticos ha sido una de las sugerencias de una de las personas a quién más he temido en mi paso por la Universidad, y siempre plantearse preguntas ha sido el consejo de otra persona, que por el contrario, admiro profundamente tanto en los salones de clases como afuera de ellos. Dos personajes polifacéticos, una sola sugerencia: el cuestionamiento. El cuestionamiento a nuestra propia condición humana… el cuestionamiento continuo por no caer en la cotidianidad, en el conformismo, en la revolución del patán que llevamos dentro en un sistema institucional formal e informal que cada vez nos llama más a actuar por maximización propia, y menos, por humanidad.

Pero, ¿es el sistema institucional el cual corrompe al hombre o es el hombre que corrompe al sistema institucional?


Cortesía de: elpais.cr

Cortesía de: elpais.cr


 

La vaga idea de llamarle instituciones a los edificios gubernamentales o privados lleva a un conformismo casi mediocre de relegar la importancia que el término institución tiene en la vida del ser humano. Las instituciones van más allá de construcciones arquitectónicas. Ellas envuelven gran parte de la realidad del ser humano. El lenguaje, la amistad, la corrupción, la tecnología, wikipedia, el poder, la política, hasta la literatura, son instituciones, y esto porque cada una se rige más por reglas implícitas, de conformidad voluntaria, que los seres humanos estamos dispuestos a seguir y que nos inducen a hacer y no hacer dentro del campo de factibilidad de cada uno de los ejemplos anteriormente mencionados.

Una institución desde el punto de vista de la economista estadounidense laureada con el Premio Nobel de Economía en 2009, Elinor Ostrom, es aquella estructura social que involucra formas repetitivas de interacción con otros individuos, que se supone están abiertas al cambio, con una combinación de reglas claras donde los individuos participantes de esta  arena biofísica por medio de la toma de sus propias decisiones, pueden obtener resultados intrínsecos y extrínsecos bien ajustados y productivos. Sin embargo, las instituciones como estructuras sociales están afectas a una serie de factores, tales como el ambiente ecológico, cultural, y el comportamiento humano.

A la luz de la explicación de las instituciones y con el ambiente de la película mexicana “La Ley de Herodes” (1999), deseo tratar la pregunta inicial: ¿es el sistema institucional el cual  corrompe al hombre o es el hombre que corrompe al sistema institucional?

“La Ley de Herodes” es una comedia satírica sobre la corrupción política en México, dirigida por Luis Estrada. La película tiene como protagonista a Juan Vargas, quién durante toda la película nos retrata la condición humana sin rodeos (nuestra condición humana). Vargas es nombrado alcalde municipal interino de San Pedro de los Saguaneros, un pueblo olvidado, con una población indígena que no habla español y donde se  toma la justicia por sus manos (decapitando, ahorcando y linchando a sus alcaldes municipales anteriores, por ejemplo). Vargas es puesto en el cargo de alcalde municipal para “calmar las aguas” y que su partido de gobierno pueda evitar levantamientos. El partido de gobierno necesitaba a una “buena persona”, que significa en lenguaje político “un pendejo”, para mantener el sincretismo y poder triunfar en las reelecciones. Vargas, con aspiraciones políticas frustradas, miembro del partido de gobierno y por ello actual supervisor de la huesera, ve cumplido su sueño al ser nombrado como alcalde municipal y se dirige a San Pedro de los Saguaneros, donde lo espera su futuro secretario municipal Carlos Pec. Su oficina, su casa y su futuro pueblo, no es lo que Vargas esperaba, y sus buenas intenciones de “llevar el desarrollo, de introducir drenajes, de construir carreteras, de construir una escuela, de cumplir la ley, y de hacer algo inolvidable en San Juan de los Saguaneros” se ve truncado por la falta de presupuesto (el anterior alcalde municipal dejó vacías las arcas municipales), por una sociedad corrompida, por superiores corruptos y por una heterogeneidad incomprendida, Ante la falta de presupuesto, Vargas vuelve a la capital para solicitar ayuda financiera al Secretario de Gobierno, pero éste en vez de apoyarle, le da dos instrumentos demoníacos que cambiarán la condición optimista y benevolente de Vargas: la Constitución y una pistola. La Constitución representó para Vargas hacer la ley por él mismo, arrancando de la misma las páginas que no le servían para su mandato, y la pistola que representa la justicia en sus manos, donde él es el poder ejecutivo, legislativo, y judicial de San Pedro de los Saguaneros. Ambos instrumentos marcan el rumbo de la ley a La Ley de Herodes: ¡O te Chingas o te Jodes! Lema que desde ese momento le hace convertirse en otro Vargas: el corrupto.

La arena política en la mayoría de ocasiones ensordece el llamado interno de los participantes, llevándolos a cometer abusos y cambios letales en el sistema institucional en el que se desenvuelven. Y por sistema institucional hago alusión a la familia, a la legislación adyacente, al poder, y al ambiente biofísico que tanto tiene importancia en el tema de las instituciones. Vargas poco a poco fue cediendo a las nuevas instituciones informales que surgieron dada la deficiente estructuración social formal de San Pedro de los Saguaneros y de México de 1949 (y de muchos países latinoamericanos).

La corrupción es una institución que surge de manera informal y se instala en la gran mayoría de estructuras sociales-políticas, pero ¿qué sucede con las personas que como Vargas sueñan con un “mundo mejor” o al menos  “con un pueblo mejor”? Son como pequeñas gotas de agua en el desierto, que poco a poco van siendo absorbidas por la inmensidad de la arena. Nuestra condición humana, lo que Antanas Mockus (exalcalde de Bogotá, Colombia) encerró en un “patán y un superman” en una misma persona[1], hace referencia a una tensión de los opuestos con respecto a nuestras decisiones morales y éticas frente a nuestra maximización de utilidades (emocionales, económicas y reputacionales) de manera racional.

La corrupción en todo sentido, como institución informal maligna, cumple con la mayoría de requerimientos para etiquetarla como tal: posee reglas propias; es capaz de ordenar expectativas a corto, mediano y largo plazo; con potenciales ganancias, riesgos e incertidumbre; participantes con distintas posiciones y poder de negociación; costos y beneficios asignados a las acciones y resultados; y con la característica ambivalente de la información asimétrica incentivadora perversamente de la toma de decisiones.

Por triste que parezca, a medida que la corrupción se hace más fuerte, el ser humano benevolente, el superman, pierde la esperanza y ya sea por la mal llamada “ley de Herodes” o por racionalidad maximizadora, sucumbe ante el poder, el dinero, los placeres, y la desalentadora realidad política-económica. Cuando el sistema institucional formal que se supone debe tener reglas claras, abiertas al cambio, sujetas a factores culturales y etológicos, pierde la verdadera esencia de institución, crea instituciones informales que se van fortaleciendo cada vez más con la deficiencia y corrompiendo a más personas. Parece ser un círculo vicioso, quién ya está involucrado en la corrupción del sistema institucional sigue gangrenándolo, extendiendo el mal a más instituciones. Y aquella persona de buenas intenciones, aquella gota de agua, aquel paliativo,  que llega cándido y quizás hasta soñador, va perdiendo su fuerza, su benevolencia, su frescura, hasta formar parte de la enfermedad y ser incurable: ¡Una verdadera pandemia!

Con un Vargas como Diputado Federal, finaliza la película. Un final inesperado, en el que según se muestra que la corrupción sigue implacable, sin castigo, y llegando a niveles insospechados. A simple vista, parece que se nos ha hecho tan cotidiano ser parte de la corrupción, que sus reglas las estamos empezando a cumplir con plena conformidad voluntaria. A lo largo de nuestra vida, estamos sumergidos a una serie de instituciones, que tienen el poder suficiente para moldearnos a su manera y enajenar de nosotros nuestra parte trascedente, y dejarnos a merced de la simplicidad mediocre de la vida terrena. Tal vez sea momento de volver a cuestionarnos, de recuperar la buena parte de nuestra condición humana. ¡Huir del conformismo, de la monotonía, de la desesperanza! (Aunque tristemente, parece que estamos tan poco dispuestos a hacerlo…)

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[1] Vialde, Oscar (18 de mayo de 2011). Si controlamos al patán que llevamos dentro mejorará la convivencia: Mockus. Crónica.como. mx. Recuperado el 05 de septiembre de 2014.

 

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