Un monólogo con tinte a moraleja

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Eran las 5:05 pm, un 01 de octubre en Guatemala.

Salí de la oficina donde trabajo, solicité el elevador un poco con la esperanza de poder coger uno de los 6, en el que al menos cupiera mi diminuto cuerpo.  La hora pico, fin de mes (¡cheque!), y el recuerdo maltrecho de un tráfico infernal en las calles hacen de cada cuadrado de metal, un cuello de botella.

Sorpresivamente, el primer elevador se detuvo en el piso donde yo aguardaba.

Se abrió. Entre y saludé esperando encontrarme nuevamente al rutinario escenario de todos los días laborales: personas hablando de lo que “el jefe había pedido”, “que Menganito se había quedado aún en la oficina”, “que la lluvia y el tráfico”, “que el bus extraurbano y la roja”. El olor a sudor mezclado con el desodorante puesto antes de la hora de salida, el splash de vainilla, el vaho bucal aplacado con una menta, y algunas caras malhumoradas o preocupadas.

Esta vez, nada fue así. Fue mucho más sencillo… más limpio… más reflexivo.

Únicamente iban dos señoras, de unos 40 o 50 años. Una con uniforme, y la otra sin él. Respondieron a mi saludo con una amena sonrisa. Mi especulación del elevador había desaparecido. En los siguientes pisos, nadie solicito el elevador, así que pude escuchar una pequeña conversación entre ellas.

Una le preguntaba a la otra por su DPI. La otra señora le respondía que lo tenía con ella, pero que debía entregar la tarjeta de visitante que le habían dado en el registro del edificio para que pudiera ingresar a los elevadores y luego fuera al piso y oficina que deseaba.

(Yo recordé la primera vez que hice ese trámite de seguridad en el edificio. Pensé: como ha pasado el tiempo desde que inicie a trabajar donde trabajo. Sonrisa interna.)

La señora uniformada le preguntaba a la otra por sus hijos. Esta le decía que les habían celebrado el día del niño en la escuela y, después de irlos a recoger se había ido a la cita. En Guatemala, cada 01 de Octubre se celebra el Día del Niño.

(Yo pensé. Quisiera volver a ser niña, no tendría preocupaciones, no tendría que tomar decisiones tan contradictorias. ¡Estaría comiendo pastel hoy! Habría ido medio día a la escuela y luego a ver televisión en mi casa.)

La señora uniformada dijo que a sus hijos también les habían celebrado el Día del Niño. Y que “habían ido por ellos” porque salían temprano también.

(Yo pensé. Que difícil debe ser tener hijos acá en la ciudad, pagar un Day Care, pedir favor que los recojan cuando salen temprano sin oportunidad que en tu trabajo te den un tiempo para los imprevistos familiares. ¡No quiero tener a mis hijos acá en la ciudad!)

Tal vez fueron mis pensamientos sobre la familia los que hicieron que cuando levantará la vista hacia las dos señoras, mi corazón reflejara en una de ellas a mi mamá. Tenía el mismo corte de cabello. Un nudo en mi garganta. Quise tener a mi mamá cerca y dejar de lado mi apatía por las expresiones de cariño, y darle un abrazo.

El elevador se detuvo en “LB” (Lobby), se abrieron las puertas y las dos señoras salieron sumergidas en su conversación. La señora uniformada le explico a la otra señora dónde se introducía la tarjeta de visitante para que el molinete la dejará pasar.

(Yo recordé las primeras veces que tampoco sabía cómo salir por el molinete. Me sentí boba y me sonrojé).

Ellas salieron.

(Yo salí también).

Cuando llegamos a las gradas eléctricas antes de la salida. Ellas las tomaron primero, luego yo. Y allí sucedió. Lo sencillo. Lo limpio. Lo reflexivo.

La señora uniformada le preguntó a la otra señora: – ¿Cómo le fue?

La señora encuestada le respondió con una sonrisa que no pude ver porque iba detrás de ella, pero que puedo imaginar: – ¡Bien! ¡Me lo dieron!

(Yo imaginé de lo que estaban hablando. Un empleo.)

La señora uniformada le dijo: ¡Qué bueno! ¿Y a dónde la mandaron?

La señora encuestada le dijo: Me mandaron allá por El Trébol, cerca de… por el lado de…

(Yo sentí un escalofrío. El Trébol es un paso a desnivel de la ciudad de Guatemala que conduce al occidente del país, tiene fama de ser un lugar peligroso. A los buses públicos (las camionetas rojas) se suben los delincuentes a asaltar, y algunos motoristas asaltan a los conductores de carros. Debido a la exorbitante cantidad de carros en la capital, este lugar y todo lo que en él conduce, es un caos.)

Volví a mi pensamiento y sentí miedo. Soy cobarde. Siempre he dicho que entre menos yo tenga que ir a ese lugar, es mejor. Le temo a ese lugar. Pero para la señora, ese iba a ser su lugar de trabajo… todos los días iba a tener que conducirse por allí, seguramente en una camioneta roja, expuesta a tantas cosas.

Las señoras continuaron su marcha, y yo continúe la mía pensando en las muchas cosas que una persona hace por un empleo, por un salario mínimo, y por sobrevivir en la jungla de la desigualdad y la violencia.

(Mi alter ego cuestiono mis pensamientos socioeconómicos. Le respondí que la teoría económica termina cuando te das cuenta que no puedes vivir apoyando una ideología realizable únicamente en papel y lápiz. La vida es ecléctica y no hay más).

Esta es una serendipia con la extrañeza de un monólogo y la desgastada moraleja: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. O en su “afecto”, hasta que una no trata de sentir un poco de empatía por los demás.

¿Qué hacer para solucionar esto? Mejores sistemas de transporte público, más seguridad, menos delincuencia, más educación, más salarios mínimos, menos desigualdad, más apoyo del gobierno, menos dependencia gubernamental (contradicción con la anterior),  más empleo….

Y volvemos a recomendar los altibajos a las variables socio-económicas, mientras se van quedando en papel. Y todo sigue igual. Cada quién con su propia lucha.

(Mi alter ego menciona empatía.)

Yo: Pudiera Ser.

*Imagen de Graphic-ExchanGE

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